Ir a terapia
La psicoterapia buscaría despertar a la persona a la totalidad de su experiencia.
Tenía unos 15 años de edad cuando le pedí a mi mamá que me llevara a terapia, en casa mis papás estaban peleando cada vez más seguido, muchos momentos de gritos y discusiones; mi madre estaba continuamente enojada. Esto comenzaba a ser lo normal. La alegría o una sensación de buena onda eran instantes inesperados, como un oasis. Yo vivía en Mexicali, y ese desierto ardiente que podía llegar a los 52°C en verano estaba dentro de la casa. Aunque tuviéramos aire acondicionado, era un aparato que al encenderlo era como si fuera un cuerpo con los pulmones atrofiados, la sensación dentro de casa era asfixiante.
En el libro Flujo de vida, Carlos de León dice que la palabra terapia significa servicio o ayuda, que su origen griego es debido a que el terapeuta era la persona que servía a los dioses con el propósito de ayudar a los seres humanos a regresar a un estado de armonía y totalidad. En el mismo libro, Carlos explica que psicoterapia viene de psique, que es alma, y therapeia, que es tratamiento, y que Psique era también una diosa que en la mitología se relacionaba con un proceso de despertar a la totalidad de la experiencia.
A veces nos solemos acordar de una experiencia vivida desde el filtro de las emociones que llegamos a vivir en ese momento. Aunque sepas las fechas exactas y los detalles precisos, la memoria te devuelve instantes que si no lograste integrar del todo, aunque hubiera pasado mucho tiempo, continúan presentes. Hay recuerdos que siguen operando en el aquí y ahora, que permean el aquí y ahora, por lo que estar presente se vuelve una tarea mucho más compleja de lo que podemos llegar a creer.
Un día yo era una adolescente de 15 años que bailaba cuatro horas diarias en una pequeña escuela de danza, me sentía feliz por esto, comenzaba a haber atracción por algunos niños que, de pronto, ¡me pelaban! Al día siguiente me encontraba encorvada en la taza del baño, vomitando todo aquello que me había atragantado de la alacena: Pop-tarts, galletas Oreo, Chips Ahoy, cereal azucarado, papitas, Easy cheese (un tubo metálico con una punta de plástico con la cual podías llegar tu boca de una pasta de queso). Atracones, supe después que le decían a estos instantes. Aunque, más bien, mi “padecimiento” pudo haber sido: bulimia. Yo había subido algunos kilos y en las clases de baile —sobre todo en el ballet— se me notaba, y el maestro también me lo recalcaba con frecuencia. Yo me estaba tragando todo lo que sentía a raíz de la situación en casa y, como no sabía cómo reconocerlo o qué hacer con ello, me tragaba todo lo que encontraba en la alacena. Sentía culpa, me aterraba subir más de peso, así que vomitaba. Hasta que le pedí a mi mamá que me llevara a terapia.
Me tardé en convencerla, mi mamá no creía en terapia. Mexicali era un poco pueblo chico en ese entonces. El círculo social en el cual nos movíamos era más pequeño aún. Y lo que hizo mi mamá, cuando por fin le dije que necesitaba ir a terapia porque estaba comiendo y vomitando, me dijo que: necesitas tener fuerza de voluntad. Esas dos palabras —siendo yo una adolescente que estaba sintiendo todas las emociones como atragantándome un pozole echado a perder—, ¿fuerza de voluntad? Por supuesto que también eran un acertijo.
La terapia funcionó como un espacio en donde finalmente pude llorar. Recuerdo el sillón donde me senté y me sentía pequeñísima, como si mi cuerpo se hubiese vuelto de nuevo el de una niña. Recuerdo la gran caja de pañuelos que estaba frente a mí para sonarme mientras lloraba. Lo que más se quedó conmigo de ese momento fue la tarea que me asignó el terapeuta, al final de la sesión me dijo que: yo debía comprar una planta y tenerla en mi cuarto, para que cada vez que yo tuviera ganas de vomitar lo hiciera en la maceta. El terapeuta me dio esta instrucción con toda la seriedad del mundo, lo dijo como si eso fuera a resolver de tajo lo que me estaba pasando. No logré expresar mi incomodidad con respecto a dicha tarea. Cuando salí del consultorio, me recogió mi mamá y no hablamos mucho de lo que había pasado, fuimos a Wal-Mart porque mi madre quería comprar unas cosas. Al entrar a la tienda sentí el impulso de ir a buscar una planta —la planta que me iba a ayudar a sanarme—, tan pronto cuando llegué a la zona donde estaban las flores, semillas, árboles, etc., me sentí sumamente triste, decepcionada y avergonzada. Sentí vergüenza por sentir. La estrategia del terapeuta nada más había terminado distanciándome aún más de la posibilidad de aceptar mi experiencia. No volví a la siguiente sesión.
Tuvieron que pasar casi veinte años para que yo llegara con un psicoterapeuta y pudiera primero empezar a aceptar mi comportamiento, luego comenzar a reconocer mis creencias y mis mecanismos de defensa, o formas auto-destructivas. Algo con lo cual sigo trabajando. Y finalmente encontrar la manera de cambiar lo que encuentro posible y coherente cambiar.
En retrospectiva me doy cuenta que a mis 15 años yo solo necesitaba un espacio para llorar y para ser escuchada, era todo lo que quería. En mi casa no podía tenerlo aunque me encerrara en mi cuarto. También después supe algunos detalles de ese terapeuta en Mexicali, que era un hombre con técnicas extravagantes, quizá demasiado moderno para el tipo de sociedad de dicha ciudad, pero sobre todo un poco desatinado al momento de buscar empatizar con una adolescente que finalmente había convencido a su mamá de llevarla a terapia. Ya que su método, probablemente efectivo para alguna persona adulta, terminaría empujándola de regreso a enfrentar la situación sola.



Me gusta siempre que mencionas a Mexicali. Es un espacio imaginario tan lejano a mí, que la simple palabra me hace soñar con escenarios y descripciones improbables e imprecisas. Tus textos los percibo con más hondura. No sé a qué se deba, quizá nos estamos haciendo viejos, o por el contrario regresaremos a Ítaca como unos niños. Saludos.